sábado, 19 de enero de 2019

La gente es extraña, siempre me ha parecido tan extraña. Y no porque me sorprendan, porque son tan predecibles que están metidos en un bucle infinito en dónde suceden siempre las mismas cosas.


Somos, estamos. 

En cualquier tipo de relación, en básicamente cualquier circunstancia, hay como una especie de camino trazado. 

La gente va y viene, moviéndose entre vidas que apenas y alcanzan a rozar, a deslumbrar y que les agobian.

Ya nada es como era antes. Ya nadie se detiene a observar, a deleitarse con los paisajes, con las sonrisas, con el llanto. Ya nadie se conmueve por el sufrimiento ajeno, sea este grande o pequeño.

Ya nadie tiene la paciencia de hacer nacer algo, una amistad, un amor. Nos movemos tan a prisa que descartamos como si nadie fuera importante. Desechos.

Uno intenta brindar palabras, sonrisas, momentos, afecto, algo; pero ya nadie quiere nada. Quieren simplemente la nada. Anhelan a nada. Esperan nada.

Dicen que así se vive mejor pero me rehuso a darle veracidad a esto. Cómo se podría vivir mejor en la nada? Estas ideas tan posmodernas que yo misma abrazo en ocasiones, terminan por enfermarme.

El amor, el amor es algo maravilloso cuando lo vives por primeras veces, con esa inocencia, disfrutas todo y crees que puedes lograrlo todo. Tal vez esta parte de ti podría permanecer intacta. Tal vez uno podría seguir siendo esa persona detallista, amorosa, amable, llena de tanto amor que se desborda; pero conforme creces, la propia vida te lo va matando.

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