A veces se hace lo correcto, a veces una se equivoca, la cuestión es aceptar nuestros errores e intentar mejorar siendo conscientes de que se puede herir a otros.
De un tiempo a la fecha no soy de decir mucho, entendí que personas que llamaba amigos en realidad no lo eran. Entendí que las lealtades cambian constantemente y nada se puede hacer para cambiarlas.
Entendí que no importan las historias reales, que no importa tu versión si es que la otra versión es contada por una persona más popular. Entendí también que nada puedo hacer si existen personas que hoy hablan incluso cuando vivieron conmigo esos procesos tan dolorosos.
Entendí y acepté alejarme de los ambientes que no me aportan nada, mucha gente incluida ahí. Comprendí que estaba buscando en los ambientes inadecuados, en espacios que no eran para mí, en situaciones en donde realmente no era yo.
Entendí que la gente que me ama, la que realmente me importa, es la que necesita mis verdades y desde hace tiempo las tiene.
Entendí que no puedo cambiar las opiniones que de mi tienen, ni siquiera tengo ganas de intentarlo, pues quienes realmente me conocen saben que sí, constantemente me equivoco pero no soy alguien a quien le guste jugar con los demás.
La gente no es un tablero de ajedrez en el cual puedas moverla a tu antojo, a tu beneficio. O al menos no debería serlo y me niego a formar parte de eso.
Cuando una vive situaciones de violencia, especialmente a nivel de pareja, constantemente se está revictimizando. En ocasiones una puede ser la victimaria sin notarlo. El punto es terminar con eso, darte cuenta que no puedes seguir en esa cadena porque lastimas y te lastimas.
Y todo este proceso es algo que, en lo personal, he preferido guardarme para los míos. Vivirlo de forma tranquila y lejos de la mirada de las personas a las que realmente no les importo.
Quien realmente me conoce sabe que hablo muy poco pero hay miles de historias de terror de mi vida que podría contarles y que tal vez harían que me vieran diferente. Pero pienso que, ¿para qué?
Entendí que no necesito, ni deseo, hacer un espectáculo de mi vida para sanar realmente.
La procesión va por dentro.