miércoles, 8 de marzo de 2017

El tren

Abordar el tren es abordar la ausencia, es calzarse zapatos llenos de lluvia y de clavos, es llevar en la maleta frascos llenos de soledad a trozos, es llegar a la estación de una ciudad inverosímil y descubrir que esa ciudad no era la respuesta sino la pregunta de la pregunta de la pregunta de la pregunta...

Abordarlo no es fácil, nadie dijo que el amor fuera fácil, no es conceder la risa después del chiste idiota, no es fingir el disfraz de montaña feliz, cantando en la tormenta. Es ser. Es serse. Es destruirse, aniquilarse. Es entregar la sangre al amor caníbal, en jícaras elaboradas por tu cráneo, es ser el árbol que se lanza al incendio, la rama esperando el rayo.

No hay placer sin dolor, no hay cielo sin infierno.

Llegar a la estación no es llegar al destino, es el principio de un viaje que no termina, es el principio de un viaje que nunca ha comenzado. Y no hay "compañeros de viaje"; estás sólo, estás perdido, sólo como una nota que florece en las alturas del vacío, como un semáforo perdido en la montaña.

Y no hay compañeros de viaje, estás sólo, condenado a viajar, sólo con tu vida y con tu muerte.

Y habrás más estaciones que te esperen y habrán más trenes al final del destino que se muerde la cola. Estás perdido.

Pero ¿quién conduce el gran filo de tierra invidente y metálico?

Hace tiempo que los trenes ya no existen, mamá solía llevarme a su tierra nativa en vagones olorosos, mamá me llevaba en sus piernas, lo recuerdo; mamá tenía una forma tan dulce de llevarme en sus piernas, aquellos tiempos, aquellos trenes que volaban, lo recuerdo.

Abordar el tren es abordar la ausencia, descender, ascender.

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