Observando en retrospectiva los acontecimientos del último año, me he dado cuenta de varias cosas que a continuación mencionaré.
Inicié el año pasado sumida en una depresión por sentirme estancada tanto en el plano profesional como en el personal. Por insistencia de una gran amiga me animé a buscar ayuda psicológica, sin tener mucha esperanza en ella. Sentía que mi trabajo no valía nada la pena, a pesar de justo haber sido acreedora a un premio por ello. Me sentía muy sola pues mi pareja parecía nunca dejaría Chiapas para venir a vivir conmigo y estar así por tanto tiempo se volvió insoportable.
Un día, justo después de una tremenda borrachera y de llorar como Magdalena, tocaron el timbre y era mi novia con todo y maleta. Yo no estaba en mi mejor momento pero tenerla ahí fue un alivio, lo cual me llevó a no mencionarle nada de lo que ocurría, pensé que con el tiempo esos sentimientos desaparecerían por arte de magia. Debo mencionar que busqué terapia en mi universidad por lo cual la lista de espera era inmensa y me contactaron hasta varios meses después, por lo cual no pude trabajar en lo que sucedía conmigo.
Después conocí a una persona con quien podía hablar, aunque incluso a esta persona le mentía constantemente. Mentir estaba ya tan arraigado en mí, que me salía natural. Por desgracia no supe poner un límite con dicha persona y sucedieron varios malentendidos, lo cual llevó a un distanciamiento con mi pareja. Simplemente hay gente que parece llegar en momentos en que lo necesitamos, pero tampoco nos dejemos engañar, si algo desde un inicio nos causa desconfianza lo mejor es alejarnos.
En fin, el punto es que dejé que una persona totalmente desconocida conociera aspectos vulnerables de mi vida, en vez de contarle estos aspectos a mi mejor amiga, mi novia.
Uno no puede regresar el tiempo, de poder definitivamente haría todo diferente, pero al menos se puede aprender.
Y es que a veces vemos a las personas como botes salvavidas, entonces poco importa lo demás, de alguna manera queremos salvarnos.
Yo misma era consciente de que lo que sucedía no era correcto y no era la forma, pero supongo llegó un punto en que era demasiado agradable hablar sin tapujos con alguien que en el fondo no me conocía. Poder contar historias y que a alguien eso le causara interés. Y es que, ¿a quién no le gusta sentirse deseado? ¿A quién no le gusta despertar interés en alguien?
Y sí, me equivoqué mucho y me contradije mucho más, pero a estas alturas debo agradecerle a esa persona por haberme escuchado en un momento que me era tan necesario. Pero hasta ahí, todo debió quedarse hasta ahí, en una especie de amistad sin realmente conocernos.
Imagino que cuando te encuentras tan vulnerable es fácil confundir sentimientos como el amor, la amistad, el agradecimiento, la necesidad. Y erróneamente llegamos a nombrar "amor" a una rutina de desahogo, al tubo de escape.
Aunque insisto, debí haber confiado en mis instintos.
Con el tiempo me di cuenta de lo equivocada que estaba en mi percepción de esta nueva persona en mi vida y decidí hacer algo a todas luces incorrecto, irle mintiendo, que no supiera qué era cierto y qué era mentira. Ya sabía yo que el final estaba cerca y de alguna manera me tenía que proteger, ya no podía entregar más verdades, eso me hacía demasiado vulnerable.
Además, lo admito, le tenía algo de resentimiento por haberme llevado hasta ese punto y por haber arruinado parte de mi vida, aunque fuera más responsabilidad mía. Supongo que simplemente no quería dejarla ir sin causarle algo de daño, cuando realmente ya no estaba interesada en ella, más bien era ya como una costumbre. Por momentos aceptaba que seguir así no tenía caso pues era algo que no iba a lado alguno, pero mis ganas de no declararme perdedora me hacían continuar.
Después todo se terminó y como suele suceder, me vi envuelta en chismes, a los cuales he de admitir, yo misma me presté en un inicio. Entonces comprendí que debí hacerle caso a mi intuición, no confiar tanto en alguien que desde su acercamiento demostró no ser confiable y que realmente no me inspiraba confianza.
Pero ya estaba hecho, ya nada podía cambiar del pasado, lo único que me quedaba era seguir adelante y había dos opciones: seguir cayendo en el juego de quién quería verme molesta o enojada o simplemente ignorarle como lo que es en mi vida, absolutamente nada.
No soy el tipo de persona que suele quedarse callada, me parece una falta de respeto a mí misma el no defenderme y sí, me da coraje todavía pero estoy por encima de esas situaciones y entonces entendí que lo que sucedía decía más de esas personas que de mí.
Entendí que me equivoqué al seguir el juego porque el escándalo no es algo que me agrade, que busque o que me beneficie, por mucho que desee defenderme.
Entendí que le hice daño a una persona, que quizá sí me tuvo algún tipo de afecto y que mis acciones le afectaron de alguna manera.
Entendí que yo le hacía daño en muchos aspectos y que quizá lo mejor para ella, o su forma de desahogarse, era hacer esas cosas.
Entendí también que me equivoqué en haber hecho algunos comentarios con otras personas, haber quizá escrito un par de cosas.
Entendí que la gente jamás entendería o aceptaría que lo que sentía no era ardidez, como quisieron llamarlo. Era una profunda decepción por haber confiado cosas tan personales, tan dolorosas, tan íntimas a alguien que no tuvo reparo alguno en ir contando todo eso. Era coraje conmigo misma por haberme abierto así con alguien que terminó por burlarse de mi sentir, de mi forma de actuar cuando el dolor me invadía. Era resentimiento con esa persona porque intentó volar en pedazos una autoestima vulnerable que estaba ya sumamente dañada.
Pero de alguna manera lo entendí, lo acepté, lo perdoné y lo dejé fluir.
Conforme avanzaban mis terapias veía que no había nada malo en mí. Que sí, a veces actuaba de forma incorrecta pero que nada estaba dañado en mi interior. No estoy enferma, no estoy loca, no soy anticuada, no soy tonta, no soy incapaz, sé amar y de una forma en que pocos se imaginan, no soy totalmente inmadura, no soy la culpable de que las relaciones fallen, no soy la que siempre debe ceder, no soy la que siempre debe estar detrás de alguien. Tengo derecho y la obligación a decir que no cuando algo no me parece, tengo derecho a no aceptar algo en nombre del amor, tengo derecho y me debo a mí misma el buscar compartir mi vida con alguien que comparta mis valores, mi forma de ver la vida, alguien que esté dispuesta a luchar junto conmigo porque todo vaya bien.
Especialmente, no tengo derecho a intentar cambiar el comportamiento o pensamiento de alguien, pero tengo todo el derecho de no aceptarlo en mi vida y eso no me hace intolerante, no me vuelve la mala del cuento, no me hace inmadura ni significa que no sepa amar.
Al final de cuentas yo sabía que llegaría a este punto, el punto en el que estaría en equilibrio conmigo misma, esta vez de verdad, en algo más profundo.
He pasado por tanto en mi vida que esto no me iba a quebrar, ni me iba a tomar tanto tiempo para volver a mí misma, me conozco demasiado bien.
Ahora puedo decir que hay cosas en mí que he podido modificar, soy menos rencorosa, menos impulsiva, ya no deseo cosas malas para aquellos que tuvieron alguna afrenta conmigo, por el contrario, les deseo lo mejor del mundo.
Más bien, les deseo que la vida los ponga en donde deban estar y si realmente existe el karma pues éste se encargará.
Así que gracias a todas las personas que han formado parte de mi vida, gracias por las cosas buenas, les agradezco más por las malas. Gracias por enseñarme toda la pudrición que puede existir en una persona, he aprendido tanto de ello. Gracias a la gente que me ha enseñado la bondad y nobleza, aspiro a ello.
Gracias a la gente que está en mi vida y gracias a la gente que ya no está estorbando en ella.
Gracias a mí terapeuta, por escuchar y decirme las verdades aunque no me gusten. Y aunque ese sea su trabajo.
Pero sobre todas las cosas, gracias a mí misma por ser quien soy, por ser como soy, por esa enorme fuerza que tengo para siempre levantarme, por esa pasión que arde dentro de mí, por esa lucha eterna entre mi deseo de vivir y mi melancolía, por ese lobo al que a veces le duele vivir pero se niega a morir.
Por ese lobo loco que está destinado a hacer grandes cosas y a nunca pasar desapercibido por mucho que lo quiera.
Gracias, lobo, que me has acompañado desde que tengo memoria, que me has levantado cada vez más fuerte, mientras otros jamás vuelven a ponerse de pie, que te vuelves más interesante y sabio mientras te añejas.
Gracias Diana, aunque tengas nombre de mujer, y te encante ser mujer, yo te he visto, conozco bien tu pelaje, viejo lobo.
Por recomendación de mi terapeuta escribí esto hace meses, entre, muchas otras cosas, pero hasta ahora ve la luz.
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